LA EMPATÍA Y LA COMPRENSIÓN, REGULADORES DE LA CONDUCTA INFANTIL

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La empatía y la comprensión, son dos cualidades esenciales para la educación y la crianza, que funcionan como reguladores naturales de la conducta de nuestros hijos.

Los padres somos los espejos en los que se miran los niños. A través de nuestras reacciones y nuestros mensajes los niños aprenden a interpretar, gestionar y regular sus propias emociones.

Somos seres emocionales. Desde que nacemos, empezamos a vivir en un complejo mundo emocional. Sin embargo, ponerle nombre a cada emoción, saber interpretarla, entenderla y gestionarla es una tarea ardua que requiere de un proceso de aprendizaje. Este proceso de aprendizaje se llama Educación Emocional.

¿QUÉ ES LA EDUCACIÓN EMOCIONAL?                                                                   

La educación emocional consiste en enseñar a los niños a conocer las emociones y reconocerlas en ellos mismos, favorecer el desarrollo de la empatía, aprender a regular las propias emociones y a superar los obstáculos con una actitud positiva en la vida. Se trata de una tarea compleja que se emprende desde que el niño es un bebé.

Para dar una adecuada educación emocional a nuestros hijos, es esencial primero aprender ciertos aspectos del desarrollo cerebral de los niños, que median directamente en la expresión y gestión emocional.

En ocasiones, nos encontramos perdidos ante los comportamientos de los niños, sin saber qué esperar de cada etapa evolutiva y qué herramientas podemos usar en cada una de ellas. Estas confusiones nos llevan muchas veces a actuar de manera inconsistente o incluso contraproducente en algunas situaciones cotidianas, generando conflictos y problemas de comportamiento.

Es necesario para ello entender en qué fase de desarrollo está nuestro hijo para poder darle lo que necesita y que esto le ayude a su desarrollo emocional y personal.

LAS ESTRUCTURAS CEREBRALES DEL NIÑO

Nuestro cerebro se conforma de tres tipos de estructuras cerebrales, una estructura reptiliana, encargada de manejar las necesidades más básicas y necesarias para la supervivencia (sueño, hambre, protección); una estructura emocional, encargada de los deseos, sensaciones y emociones; y una estructura racional, encargada de los complejos razonamientos intelectuales.

El primer año de vida, los padres se enfrentan constantemente al cerebro reptiliano del niño. Deben atender a sus necesidades de cuidado, alimento y protección. Poco nos serviría en estas situaciones, intentar explicarle a un bebé en pleno llanto que en estos momentos no podemos darle de comer o que en un rato vendrá su mamá, al igual que tampoco nos sería de utilidad decirle al bebé que entendemos que esté triste, seguramente éste seguiría llorando sin consuelo. El niño no es capaz de comprenderlo ni asimilarlo, la única estrategia que nos queda es atender sus necesidades y proporcionarle la seguridad que necesita.

Sin embargo, a partir del año, el cerebro del niño continúa su desarrollo y empieza a cobrar gran relevancia su cerebro emocional, que primará junto con el reptiliano hasta los cuatro o seis años aproximadamente.

En esta fase la tarea de los padres empieza a ser más compleja y demandante, ya que no sólo bastará con darle alimento, calor o calmar su sueño, deberemos armarnos de un arsenal de estrategias para todas las situaciones que se avecinan.

En esta etapa es habitual que los niños comiencen a andar, hablar y comprender muchas cosas sobre el mundo, lo que hace que muchos padres caigan en el error de pensar que ya son capaces de entender, gestionar y controlar sus comportamientos, por lo que se sienten frustrados o incluso enfadados con el niño cuando se enrabieta y no hace caso.

En esta etapa el desarrollo intelectual no va en concordancia con el desarrollo racional del niño, por lo que pese a que empiece a hablar y comprenda lo que le decimos, no es capaz aún de razonar y entender, por ejemplo, cuando le decimos que no puede coger el juguete que le gusta en una tienda. Su cerebro emocional manda sobre sus deseos y no es capaz de procesar información que proceda de otro canal que no sea emocional.

El cerebro racional no está desarrollado, por lo que intentar calmarlo por esa vía no es una opción eficaz.

¿CÓMO CALMAR ENTONCES AL CEREBRO EMOCIONAL DEL NIÑO?

El cerebro emocional del niño se regula con emociones. Necesita sentirse comprendido y apoyado. Para ello, debemos usar nuestra propia empatía.

La empatía es la capacidad de las personas para ponernos en el lugar del otro, aunque tengamos una visión u opinión distinta.

Para calmar a un niño que está enfadado o tiene una rabieta debemos ponernos en su lugar, validar sus emociones y tener la paciencia que necesita para esperar a que se calme. La razón, es decir, explicarle el por qué no puede tener lo que él quiere, podemos usarla posteriormente, pero inicialmente lo más eficaz es conectar con las emociones del niño. Si conseguimos conectar con su cerebro emocional, tardará menos en calmarse y nuestro vínculo con él será más fuerte y positivo.

Como he dicho antes, los niños no saben identificar sus emociones, por ello, debemos ayudarles a saber cómo se sienten. Debemos ponerle nombre a cada emoción que observemos en él y dotarlas de sentido. Por ejemplo, cuando a nuestro hijo se le ha roto su juguete favorito y está llorando desconsolado, podemos decirle “Te sientes muy triste porque te gustaba mucho tu juguete”. De esta forma le dotamos de sentido y hacemos real su dolor para que pueda calmarlo y posteriormente usar la razón para buscar soluciones y enfrentarse de manera positiva al problema.

Asimismo, debemos validar lo que siente y ser comprensivos. Podemos decirle cosas como “entiendo que te sientas así, es que es muy triste”. Usualmente, los adultos tendemos a quitarle importancia al sufrimiento de los niños, diciéndole cosas como “no pasa nada” o “por eso no se llora”. Sin embargo, sus problemas son importantes para ellos y si queremos formar adultos sanos y con alta inteligencia emocional, deberemos empezar a ser comprensivos con ellos y enseñarles a escuchar sus emociones.

Los niños que son atendidos con paciencia y comprensión aprenden a calmarse antes y se convierten en adultos que saben conectar con sus emociones y gestionarlas, son más empáticos y comprensivos también con los demás. Se convierten en adultos más completos.

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